Invito: este domingo, a las 12:00 del día, presentaremos un nuevo libro de la escritora Ana Clavel: Amor y otros suicidios. Junto con la autora participaremos Ana García Bergua, Rafael Pérez Gay y yo, con Mary Carmen Ambriz como moderadora. El libro, una colección de cuentos publicada por Ediciones B, estará a la venta.
La cita es en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes (Eje Central y Avenida Juárez, en el Centro Histórico, cerca de la estación del metro Bellas Artes). La entrada será libre. Los cuentos del libro son historias de amor, por supuesto, pero de amor con dientes. Ya hablaremos de eso el domingo.

Invitación (clic para ampliar)

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Algunos entusiasmos compartidos (cita)

El escritor como personaje: Fotograma de “Barton Fink” de Joel y Ethan Cohen (1991)

Te gustan desde siempre las obras de ficción cuyos protagonistas son escritores. A estas alturas tú ya has leído gran cantidad de libros que hablan de escritores, de libros que hablan de escritores que se parecen al escritor que escribe el libro, de libros que hablan de escritores que escriben libros, o de escritores que no pueden escribir libros, o de escritores que escriben un libro que no es el libro que quieren escribir, o de escritores que ven cómo otro escritor escribe el libro que ellos mismos desean escribir, o de escritores que escriben el libro que alguien les encarga imitando el estilo de otro escritor, o de escritores con éxito pero sin prestigio crítico, o de escritores con prestigio crítico pero que no venden, o de escritores incapaces de escribir, o de escritores que viven para poder escribir, o de escritores infelices, o de escritores frustrados, o de escritores profesores, o de escritores que mueren antes de acabar una novela, o que matan por una novela, o que… Has leído últimamente a Martín Amis (La información), a Paul Auster (A salto de mata, La noche del oráculo; bueno, y todo lo demás, porque Auster es Auster, ya se sabe), a Juan Bonilla (La compañía de los solitarios), a Michael Chabon (Chicos prodigiosos), a J. M. Coetzee (Juventud), a Salvador Gutiérrez Solís (La novela de un novelista malaleche), a Elizabeth Jolley (Foxybaby), a Chuck Kinder (Lunas de miel), a David Leavitt (Martin Bauman), a David Lodge (The Writing Game: A Comedy, Trapos sucios, Pensamientos secretos) a José Ángel Mañas (Soy un escritor frustrado), a Jay Mclnnerney (Modelo de conducta), a David Sedaris (“Mi manuscrito”, en Cíclopes), a Enrique Vila-Matas (Bartleby y compañía, El mal de Montano), a Donald E. Westlake (El gancho).

[Publicado el 18/5/2012 a las 11:15]

[Etiquetas: Javier García Rodríguez, Cita]

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En la nota de hace unas horas escribí que hay quien duda, hoy, que Carlos Fuentes haya llegado a tener una obra cumbre. Es una idea que en otro tiempo, quizá hace veinte o incluso diez años, habría parecido impensable. Pero ahora que se le ha velado, que se le ha hecho el primer homenaje póstumo, que sus deudos se preparan a llevarlo a su tumba en el cementerio de Montparnasse, está comenzando la auténtica prueba de su legado. Ya no está de moda su deseo constante de componer novelas ambiciosas, desmesuradas, en las que el Mito se pelea con la Historia. Ya no está de moda su estilo. Ya no está de moda su interés en Hispanoamérica. Y ya no está él para aupar sus textos con su figura y su influencia.

Quién sabe qué quedará. Por otra parte, es imposible que todo se olvide. No es sólo que muchas de sus obras seguirán siendo estudiadas como testimonios o documentos importantes: también puede seguir siendo leído. Un ejemplo: al margen de la celebridad del autor, a mí –como simple lector– me interesan varios de sus libros. Aura, venga de donde venga; Cantar de ciegos; Cumpleaños, que es breve, intensa y perfecta; Agua quemada; Los días enmascarados, tercer arranque de la moderna literatura mexicana de imaginación, por detrás de Tario y de Nervo…, y también su novela más rara, más vasta, más ambiciosa: Terra nostra.

Álvaro Enrigue escribió ayer en Twitter: “Nadie más se va a atrever a escribir un libro como Terra nostra, y nadie se atrevería a publicarlo”. Tiene razón. Carlos Monsiváis dijo famosamente que se necesitaba una beca para leer el libro, y no sólo se refería a su extensión (783 páginas en la edición original de 1975) sino a su complejidad. Es una fantasmagoría: en un mundo soñado, que se multiplica en numerosos escenarios y reúne todas las épocas, personajes reales de varios siglos se juntan con los personajes literarios de toda la literatura en español y escenifican la historia entera de Hispanoamérica, incluyendo guerras y catástrofes, desde antes de Colón hasta después del fin del mundo (la novela concluye en un 1999 imaginario y un escathon: una consumación de la existencia). Milan Kundera la describe así:

La vieja mitología de la reencarnación se materializa en una técnica novelesca. Terra nostra es un inmenso sueño en el que la historia está hecha por personajes que reencarnan sin cesar y que nos dicen: son siempre nosotros, nosotros somos los mismos que continuamos representando el espectáculo de la historia. La continuidad histórica no sólo reside en el vínculo causal de los acontecimientos, sino también en la identidad de los actores.

“Se necesitan múltiples existencias para integrar una personalidad”: éste es el por qué Felipe I se confunde con su nieto Felipe II (quien por lo demás en la novela se convierte en su hijo), que la misma Celestina recorre todos los siglos, mientras que la Dama de Felipe II llega a Inglaterra para volverse la reina Elisabeth. Personajes librescos, Don Juan y Don Quijote, se suman a las personas vivas y en cierto momento las siluetas se confunden: Don Quijote deviene Don Juan y Don Juan deviene Don Quijote.

Hay que agregar que el libro tiene una estructura sumamente compleja, incontables referencias eruditas y una serie de reflexiones literarias, políticas, filosóficas, morales…, además de un estilo más desbordado que nunca en la obra de Fuentes, desde su comienzo opaco:

Increíble el primer animal que soñó con otro animal. Monstruoso el primer vertebrado que logró incorporarse sobre dos pies y así esparció el terror entre las bestias normales que aún se arrastraban, con alegre y natural cercanía, por el fango creador. Asombrosos el primer telefonazo, el primer hervor, la primera canción y el primer taparrabos

… hasta su final: una larga escena con un hermafrodita que se fecunda a sí mismo en el final de todas las cosas y en medio de un soliloquio tremebundo. No todo el texto es igualmente abrumador, y numerosos pasajes son más tersos o más conmovedores (en el homenaje póstumo, uno de los discursos oficiales se basó en este texto de Fuentes, que justamente retoma algunos pasajes de Terra nostra), pero hay que encontrarlos. La reputación de dificultad del texto, además, da a muchos la excusa para comentarlo sin leerlo y así mantener su leyenda.

Y, por último, no sólo no es una novela perfecta (¿cómo podría serlo?) sino que además, en efecto, falla: cae por su propio peso varias veces y justo en el final no consigue levantarse. Es un grand livre malade, para tomar prestado y adaptar un término del cine: un gran libro enfermo, una obra de elevadísimas aspiraciones que se esfuerza en alcanzarlas y no lo consigue del todo.

¿Por qué hablar de ella? Terra nostra es, nos guste o no, la novela más ambiciosa que se haya publicado jamás en idioma español. Es más densa que Paradiso, más vasta que José Trigo. Su intención es sobrehumana: capturar entera la cultura hispánica, nada menos, y en esto, por momentos (antes de llegar a su terminación mítica), sí da la impresión de que triunfa. Todo está allí: todos los pueblos, todos los acontecimientos, todas las grandes obras, todos los grandes temas hasta el momento en que Fuentes concluyó el libro. Semejante densidad exige un esfuerzo inusitado del lector, una devoción incluso física –yo sólo pude terminar el libro en una plataforma petrolera en altamar, a lo largo de una semana de aislamiento casi total–, pero además de los pasajes más sosegados están, también, los más brillantes: los que superan a todo lo demás que Fuentes escribió. El episodio del rey y los perros, las caminatas por la selva, la última muerte en El Escorial, las minificciones… Esta novela es la épica de un autor que descreía de la épica y, a la vez, intenta mostrar la tragedia de la Historia. Tal vez por eso es víctima de su propia tragedia: de ser de hecho un libro imposible de concluir como proyecto literario y vital, porque la Historia real no acaba nunca. Porque la idea de la novela total, que animó a tantos escritores en el siglo XX, es una ilusión.

Pero en eso, tal vez, Terra nostra se parece a nuestra historia de ahora, o por lo menos a nuestra literatura. ¿No estamos en una época en la que ya aceptó que la totalidad nos elude y apuesta por lo fragmentario, lo inconcluso? ¿No es lo que ocurre, para ir de inmediato al ejemplo mayor, con 2666, la obra final de Roberto Bolaño? (Por algo, tal vez, Fuentes nunca quiso leerlo: quizá sospechaba que estaban muy cerca, que esa cumbre del temprano siglo XXI se parecía a su cumbre menospreciada o malograda, ciertamente imperfecta.)

No debería ser tan grande problema el aquilatar una obra parcialmente hundida, un naufragio repleto de tesoros. Todas las obras literarias son disparejas y la unidad de los libros es ilusoria. Habrá que ver qué sucede a partir de ahora con esta obra precisa. (Más bien: con esta obra colosal, arrogante, concluida del único modo en que podría concluir, es decir, con la muerte.)

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Ayer murió Carlos Fuentes en la ciudad de México. Con esa muerte, desde luego, se acaba una era: la del escritor poderoso más allá de la literatura y relevante al mismo tiempo como intelectual, figura pública y, sobre todo, icono. Desde la narrativa, y en especial desde la novela, Fuentes pasó a convertirse en un opinador con auténtico peso en las opiniones del poder político. También fue una referencia ineludible de las élites mexicanas. También lo fue (lo será todavía, por muchos años) de los programas educativos.

Sólo Octavio Paz –desde la poesía– pudo rivalizar con él. Ahora Fuentes muere casi a la misma edad que tenía Paz al morir en 1998. Muchos escritores han intentado modelar sus carreras literarias a partir de las de ellos dos, pero ahora parece claro que nadie podrá volver a hacer, nunca, lo que ellos hicieron. Ya no estamos en el siglo XX: las élites ya no miran a la cultura como el símbolo de estatus que fue, al poder político le importan más los medios masivos que los intelectuales y el mercado literario global ya no tiene el interés que tuvo por América Latina en los años sesenta. Más aún, la influencia más visible de Fuentes en las generaciones posteriores parece estar en el “imaginario narcisista del escritor mexicano promedio” –así lo ha llamado Julián Herbert–: la actitud arrogante, mamona, machina (quienes la asumen son todos hombres) y más bien ridícula de centenares de aspirantes a autor de éxito, vagamente basada en la imagen pública de Carlos Fuentes.

Hasta aquí, la cuestión que falta mencionar es dónde va a quedar la obra: cuáles de los libros de Carlos Fuentes van a ser recordados como fundamentales. No van a ser los últimos –el declive de su obra tardía fue largo y dañó su reputación: las bromas cuando no ganaba el Premio Nobel se volvían más crueles a cada año que pasaba– pero muchos consideran que incluso sus títulos más celebrados: La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz, Cambio de piel, son anacrónicos: artefactos de cierta época del siglo XX. También ayer mismo, mientras los medios recogían declaraciones, se formuló varias veces la pregunta de cuál podría ser la obra cumbre de Fuentes, o incluso si realmente había dejado una.

Escribiré sobre eso en la segunda parte de esta nota, hoy por la noche. Ahora salgo a una velación en el Palacio de Bellas Artes.

Carlos Fuentes en 1964. Fuente: adnpolitico.com

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Article source: http://www.lashistorias.com.mx/index.php/archivo/carlos-fuentes-1/

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Si recorres aguas arriba el puerto,
oh, cómo ronca y gime: astillero y laminado,
rieles y chimeneas, galpón y acelerado
ritmo de máquinas en un coro más que yerto.

Como rompiente silba de vapor blanco espuma
saliendo de canales y la grúa se queja,
colosal, en el remolque. De humo la guedeja
en que crepita un fuego que jamás se esfuma.

Cascos se elevan en filas toscas, como rocas.
Hormigas trepan costillas de acero:
la ralea de esclavos, que el vértigo no apoca.

Muy debajo de ellos, su caos el mundo estiba
y sobre ellos, en punzó soleado desde arriba,
se cierra el horizonte: un puño de carnicero.

TERRUÑO

En minas de carbón, en fábricas de color
mi puesto, yo era un extraño, una cifra anotada,
entre Dios y Baal una cosa arrojada
y un débil entre otros débiles al por mayor.

Y de un lugar a otro me convertí en viajero;
pero más que la fábrica unida a mí, jamás
fue la vida. República u orden imperial,

terruño era: ¡vagar! ¡Como un viento ancho sendero!
¡Y yo pertenecía siempre a todos, no a mí!
Mundo: hombres, paisaje, cual breviario leí,
mudo, y mucho he erigido, mucho pulverizado.

Ahora estoy sedentario, creyente y consumido.
Dos nietos juegan: ¡Córreme! Y está tibio el nido.
Y si un mendigo llama, ladrar no oirá al llamado.

¿ALEMANIA? – DEBERÍA ESTAR YA TAN ATRÁS…

¿Alemania? – Debería estar ya tan atrás
como un año perdido en la distancia,
como los rostros ya sin gravedad,
como un ser que ha sido de un sueño la sustancia.

Alemania… ¿qué no habría que enterrar,
y dónde no que descender, para no sentir
de lo que hemos perdido, nada más?
Tan fría, no puede en la noche una piedra dormir.

Más de lo que creemos tardan los muertos
en desprendernos, alejándonos de sí.
Se nos adelantan. Ya están allí,

Donde aún vemos bosques, como nubes, inciertos.
Ellos son los que derivan, ellos son las millas
que aún nos faltan, para ir a casa de prisa.

EPITAFIO

Éste que descansa en tierra extraña,
con gusano y raíz y el suceso original
de llegar a ser, de andar y de resucitar:
también él fue entraña de nuestra entraña.
Y lo que de disgusto siempre nos dio motivo
en su carácter, obra y objetivo
no fue otra cosa, en realidad,
que el reflejo de nosotros y de nuestra edad.

Article source: http://www.elboomeran.com/blog-post/539/12194/patricio-pron/entre-el-distrito-negro-y-el-nuevo-mundo/

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carlos_fuentes_005Se nos fue Carlos Fuentes a los 83 años de edad. Autor de más de una veintena de novelas falleció en el hospital Ángeles del Pedregal en México.

 

 

 

 

 

 

 

NOVELAS

La región más transparente (1958)
Las buenas conciencias (1959)
La muerte de Artemio Cruz  (1962)
Aura (1962)
Zona Sagrada (1967)
Cambio de piel (1967)
Cumpleaños (1969)
Terra Nostra (1975)
La cabeza de la hidra (1978)
Una familia lejana (1980)
Agua Quemada (1983)
Gringo Viejo (1985)
Cristóbal Nonato (1987)
Constancia y otras novelas para vírgenes (1990)
La campaña (1990)
Los años con Laura Díaz (1999)
Instinto de Inez (2001)
La silla del águila (2003)
Todas las familias felices (2006)
La voluntad y la fortuna (2008)
Adán en Edén (2009)
Vlad (2010)

 

carlos_fuentes_005Se nos fue Carlos Fuentes a los 83 años de edad. Autor de más de una veintena de novelas falleció en el hospital Ángeles del Pedregal en México.

 

 

 

 

 

 

 

NOVELAS

La región más transparente (1958)
Las buenas conciencias (1959)
La muerte de Artemio Cruz  (1962)
Aura (1962)
Zona Sagrada (1967)
Cambio de piel (1967)
Cumpleaños (1969)
Terra Nostra (1975)
La cabeza de la hidra (1978)
Una familia lejana (1980)
Agua Quemada (1983)
Gringo Viejo (1985)
Cristóbal Nonato (1987)
Constancia y otras novelas para vírgenes (1990)
La campaña (1990)
Los años con Laura Díaz (1999)
Instinto de Inez (2001)
La silla del águila (2003)
Todas las familias felices (2006)
La voluntad y la fortuna (2008)
Adán en Edén (2009)
Vlad (2010)

 

rulfo_002Juan Rulfo
Biografía no autorizada

Reina Roffé
ISBN: 978-84-15174-16-5
Forcolaediciones
Páginas: 288
2012

Prólogo Blas Matamoro

 

 

rulfo_002Juan Rulfo
Biografía no autorizada

Reina Roffé
ISBN: 978-84-15174-16-5
Forcolaediciones
Páginas: 288
2012

Prólogo Blas Matamoro

 

 

rulfo_002Juan Rulfo
Biografía no autorizada

Reina Roffé
ISBN: 978-84-15174-16-5
Forcolaediciones
Páginas: 288
2012

Prólogo Blas Matamoro